Elevarse, dejar más abajo el cuerpo, desprenderse, flotar y viajar en un mundo de sonidos, imágenes, formas y energías poderosas y desconocidas, volar. Saberse humano. Limitado. Superpoderoso. Frágil. Mortal. Sentir que el cuerpo es un lugar transitorio. Que el tiempo no corre, camina. Saber que uno no sabe caminar junto con el tiempo, pero tener la certeza de que hay que hacerlo, de que hay que caminar junto al tiempo. Entender, comprender, respirar la sabiduría de las plantas, ver como ellas ven el mundo. Con calma y sintiendo cada instante, siendo concientes de cada movimiento, de que cada movimiento tiene una causa y una consecuencia en el entorno cercano y en el infinito universo. Ser conciente desde un lugar de sentido, de sensaciones, de sentimientos. Valorar los afectos, esparcir afecto, permitirse recibir afecto. Abrir los poros, abrir el cuerpo, sentir las energías de las pequeñas cosas que sin que nos demos cuenta, son enormes e importantísimas.El sonido del mundo, un gran bostezo, una risa angelical, los recovecos de las voces y el canto provisto de colores, tremendos y maravillosos colores.
Es muy difícil no caer en lugares comunes. Es complicado tratar de expresar tremendas sensaciones, pero prefiero hacer esto que es, recién, una primera expresión de lo vivido el viernes por la noche. Es demasiada información de golpe, de repente, en unas horas que pudieron haber sido años. Con el tiempo, a medida que vaya pasando, irán dándose vuelta algunas partes de un gran rompecabezas. Eso fue en alguna medida lo que ocurrió el viernes, una nueva apertura de cabezas, otra forma de ver, una manera fabulosa de percibir, otra cara del sentir. No puedo escribir la onomatopeya de un suspiro, pero aquí va uno, enorme y amarillo.
Salud, gente. Y garantizo que voy a volver a ese mundo, sin dudas y con los brazos abiertos.
Si, lo volvería a hacer, una y otra vez.
La fotito es de Larry Carlson, está el link para visitar... que viaje increíble. ¿Viste los colores?
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